Si por algo nos hacemos conocer
los cochabambinos (y bolivianos en general), es la abundancia de platos que
tenemos y nuestro “buen apetito” ligeramente insaciable. Es divertido ver cómo
se sorprenden los extranjeros ante tal variedad y costumbre de comer a toda
hora. Tenemos el desayuno, el platito de media mañana, el almuerzo, el plato de
media tarde, y la cena. ¿Glotones por naturaleza? Al parecer, y ante mi
reciente sorpresa, la comida y estas costumbres tienen un trasfondo increíblemente
político en nuestra sociedad.
Pique Macho |
Primero, el tamaño de los platos.
“Mientras más grande, mejor”. Esto viene desde nuestros orígenes incas, quienes
acostumbraban compartir la comida en comunidad. El plato grande viene diseñado
para esto justamente, compartir, porque la hora de comer sólo es válida y
justificable cuando lo haces en compañía de alguien más. Ya con los años, el
individualismo de la cultura occidental nos influyó de tal forma que, estos
platos ya no se comen tanto en comunidad que como de forma personal. El pique
macho, por ejemplo, a lo mucho ahora se comparte entre tres personas, aunque la
opción del medio pique para uno sólo está presente en los menús que lo ofrecen.
Silpancho (silp'anchu) |
Segundo, la cantidad de comida
por plato. Es verdad que aquí todos buscamos la mayor cantidad de comida al
mínimo precio. Esto no quiere decir que vayamos siempre por la comida más
barata, porque incluso cuando un plato nos cuesta un ojo de la cara, lo
disfrutamos con un “buen paladar”. Debido a que uno los conflictos y
contradicciones más grandes del mundo viene a ser la hambruna en determinadas
regiones, aquí en Cochabamba se elaboraron varios platos exclusiva para “pobres”,
que luego se nacionalizaron de una manera impresionante para todos los
sectores. Desde el pique macho, que empezó como un platito para picar mientras
se esperaba el verdadero plato, hasta el silpancho, que viene con una carne tan
estirada que ocupa todo el plato pero es extremo delgada. Estas ilusiones de
abundancia, si podría llamarse así, con el tiempo se hicieron populares y ahora
estos platos son constantemente consumidos hasta por la clase hegemónica. Si
algo es extraño en los restaurantes locales, es que puedes encontrar a gente de
toda clase social compartiendo en un mismo lugar, porque independientemente del
precio o de la calidad, es parte de nuestra cultura comer en comunidad y “comer
bien”.
Chicharron |
Tercero, y una de las cosas que
cambió por completo mi perspectiva del machismo en el hogar, es que la mujer es
el principal actor de la cocina por excelencia por unos motivos más profundos
que el simple rol de la mujer en el decepcionante sueño americano. Antes creía
que la mujer era una cautiva de la cocina, porque su trabajo era ser ama de
casa mientras que el hombre sólo debía trabajar y llegar a casa para que lo
alimentase su mujer, o su madre. Si bien esto puede ser cierto, aún en nuestra
sociedad, hay algo más que me resulta increíblemente satisfactorio. Cochabamba es
una ciudad conservadora, constantemente regulada por la Iglesia y la clase
hegemónica culturalizada por lo occidental. Mas el rol dominante del hombre es
en realidad sólo una ilusión, puesto que son las mujeres las que deciden todo
en realidad. Lo que uno de mis docentes denomina el matriarcado pactado, es que
las mujeres son las que nos gobiernan en un sentido más simbólico y
espeluznante que cualquier otra autoridad. El amor de mamá, el cariño de la
abuela, tienen mucho más peso que las figuras paternas, y es que si bien los
hombres se muestran como la autoridad final de la casa, son las mujeres que en
realidad tienen el control. El hombre manda, porque la mujer se lo permite. Y
la comida, al parecer, viene a ser uno de los instrumentos de este control
simbólico ejercido por las amas de casa. Cuando una mujer cocina, no sólo
controla lo que su familia está comiendo, sino que les comunica constantemente
su afecto, les recuerda el valor que tiene ella en su familia, administra el
cariño. Y el afecto, es uno de los mecanismos más aconsejables de poder, porque
no con miedo se logra lo mismo que con fidelidad. Ante esta perspectiva, el
hecho de que la mujer sea quien cocina mayormente en la casa, en restaurantes o
puestitos de la calle, esconde esta hegemonía secreta pero amable de la mujer
cochabambina.
Huminatas al horno |
Cuarto, así como ya expliqué un
poco antes, en la comida está el afecto. “La mesa” es uno de los lugares
sociales con más peso en nuestra sociedad, aún sin saberlo. La comida también
es un pretexto para la reunión en comunidad, porque ninguna reunión social
puede efectuarse sin haber algo de comer. Es costumbre aquí comer los domingos en
familia, y no sólo con aquellos que viven en tu casa, sino tus abuelos, tus
tíos, tus primos, etc. Cada vez que mi mamá quiere hacernos ver un video de “valores
morales”, siempre nos atrae con comida. Su invitación viene acompañada de la
promesa de alguna comida a la que no nos podemos resistir, en su mayoría.
Porque si bien incluso el status social se ve inmerso en lo que comemos, cómo
lo comemos y cuánto le ofrecemos a los demás, también hay un sentido religioso
en el hecho de compartir la comida. No por nada en varias religiones la comida
ocupa un símbolo importante de comunidad, unidad y agradecimiento. Y muchas
veces la construcción misma de la comida –que las papas vayan en tal parte, que
la carne deba ir de determinada manera- es una muestra de la estructuración
social de nuestra ciudad, porque un puchero sin ají es comida de hospital, y un
pique macho mal armado simplemente no llega a satisfacerte. La hora del
almuerzo es infaltable en nuestra cultura, pero no un almuerzo rápido, como la
modernidad lo demanda, sino un almuerzo en familia, entre los que valoras. Es
casi sagrado el reunirse a medio día, y los trabajos tienen que lidiar con
ello. Lo que me lleva al último punto:
Puchero |
Quinto, la protesta social que
hacemos al comer. Aquí los trabajos se ven obligados a dar al menos hora y
media para el almuerzo, y a tener ligeras excepciones para los platos de media
mañana o de media tarde. Antes los trabajadores podían salir a comprarse algo
de comer y compartir un rato juntos mientras degustaban unas salteñas,
trancapechos o hasta escabeche. Ahora que han prohibido estas salidas, los
desgraciados se hacen llevar la comida a sus oficinas. Es que es algo arraigado
en nuestra cultura, no se puede evitar. ¿Pero a qué se debe tantos horarios
para comer? No es por glotones, al contrario de lo que la mayoría piensa,
aunque bien podría ser el motivo para tantos. Es en realidad una resistencia a
la cultura occidental, a la modernización. La comida no sólo representa lo que
me atrevería a llamar un trauma de nuestra pobreza, sino que representa también
una protesta al proyecto modernizador, al trabajar tantas horas y volverte una
máquina. Por esto que las comidas interrumpen tanto estas horas, porque más que
pretexto para no trabajar, es también uno para socializar, porque está en la
naturaleza del cochabambino ser en extremo sociable. No por nada aquellos que
han migrado sueñan con volver, que los turistas se impresionan con la
hospitalidad y forma de sociabilidad tan personalizada, pues nuestra posición
geográfica es lo que más ha influido en estos detalles.
Chicken Kingdom |
En fin, en Cochabamba puedes
encontrar una gama diversa y rica de comida, tanto en ingredientes, sabores y
colores. Con más de cien platos sólo para platos de la mañana, nos hacemos
respetar con la frase "vivir para comer". Desde rasgos desagradables de
higiene -porque si bien ya no nos afecta, cada vez que un extranjero llega suele
irse con una infección estomacal-, hasta simple pero magistral combinación de
ingredientes, como la llajua Hasta a la comida rápida la "cochabambinizamos", pues tenemos una creatividad culinaria que da miedo (y hambre). La comida cochabambina tiene un encanto único,
difícil de resistirse, y difícil de olvidar.
Fuente: Xordanov
Fuente: Xordanov
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